Silencio, vacío y autosacrificio. Recordando a Claude Louis-Combet

Antes del verbo reinaba el silencio. El verbo, estridente por naturaleza, saca a la luz lo que se oculta en las sombras más hostiles.

Claude Louis-Combet nació en 1932 en Lyon, Francia. De niño, frecuentaba la tumba de Santa Blandina en un entorno marcado por la tragedia: su abuela murió de tuberculosis a los 22 años y su padre, a los 25. Creció en un medio intensamente católico y caballeresco que colaboró con la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. En 1945 ingresó a un seminario, donde combinó rigurosos estudios clásicos y exámenes de conciencia con la escritura en verso de su vida interior. En 1950 se convirtió en novicio, pero tres años después abandonó la vida religiosa para cumplir el servicio militar. Influido por Henrik Sienkiewicz, desarrolló un „gusto por el martirio“. Aunque realizó votos, no se ordenó sacerdote: su pasión literaria prevaleció. Durante años vivió enseñando filosofía en un liceo. En 1970 publicó Infernaux paluds, su primera novela, seguida de cerca de treinta libros de ficción, ensayo y poesía. Su obra, habitada por una inspiración cristiana explícita pero transgredida por una extraña voluptuosidad, lleva el sello del silencio y el vacío.

Su muerte en noviembre de 2025 me motivó a escribir sobre él.

Autor prolífico, Combet explora en sus relatos lo sagrado, lo religioso, el tabú y la transgresión, siempre con un fuerte sentido erótico. Esta dimensión evoca la tradición de la literatura erótica francesa, desde el Marqués de Sade y Pierre Louÿs hasta Georges Bataille y Pierre Klossowski, donde violar el tabú sexual es un acto elemental.

Un tópico recurrente en su narrativa es el incesto: madre-hijo en Tsé-Tsé, hijo-madre en Augias et autres infernaux, y hermano-hermana en Blesse, ronce noir, inspirada en la incierta biografía del poeta Georg Trakl y su hermana Gretl en vísperas de la Primera Guerra Mundial —tema que abordo en un capítulo de mi libro El placer de la transgresión.

Combet amplía estos motivos sexuales hacia un aspecto más íntimo y filosófico, la sexualidad de la madre y la sexualidad de la santa, como en Marinus et Marina, Beatabeata y L’Âge de Rose. Estas novelas obsesionan con la renuncia a la identidad sexual, la ambigüedad sexual y la androginia, con personajes protagonistas que aspirantes a ser santas o místicas, lo cual nos remite a la problemática teológica de Le Baphomet de Pierre Klossowski.

La inspiración de lo anterior podemos encontrarlo en un recuerdo que Combet nos comparte sobre su vida religiosa en Entretien avec Alan Parson: “Yo pasé por la experiencia religiosa. Y luego me alejé. Me considero radicalmente agnóstico. Pero continúo interrogando el recuerdo que tengo de la fe cristiana. Me pregunto cómo pude adherir tan visceralmente, cómo pude alejarme, y porqué ésta continúa interpelándome.”

Como en la obra de GeorgesBataille, el descubrimiento de la teología negativa influenciará de manera profunda a la vocación de Combet. De esta manera se distanciará definitivamente de toda búsqueda trascendental a través de la escritura, para arrojarse (abandonarse, entregarse) de lleno en los brazos del vacío y del silencio.

Así nacerá otra cara de Combet, cuyas obsesiones se ligan directamente con el texto sagrado al estilo de sus contemporáneos Bataille, Klossowski y Blanchot. Lo que Bataille comenzó a estudiar y a dar indicios del porvenir, en Combet estas ideas tomaron un sentido de realidad. La concepción batailliana del autosacrificio del autor, es decir, la interioridad. Sacrificio viene a representar lo inútil de la literatura. Donde la escritura es distancia, diferencia, desacuerdo, incompatibilidad, impotencia de vida, desarmonía. El escritor —como diría Combet en Le texte au-dedans—; „no se hace ninguna ilusión sobre el sentimiento de valor que podría venirle de consagrarse a tal absurdidad“. La única excusa del escritor es la de no haber elegido su vocación. De ahí la necesidad del anonimato, de ser abolido por su obra. Donde el texto y la narración comienzan donde nada puede ser dicho. Lo único que merece ser dicho es aquello que no podemos enunciar. De ahí la vanidad de todo compromiso literario.

Por tanto, el texto es simulacro, mito, imposible: „el texto no le rinde cuentas a la historia, pues no posee una relación suficiente con la realidad. Es tan sólo el espacio donde se citan las palaras que edifican el absoluto. Por lo que es justo decir que el texto es metafísico -o que no es nada“.

La soberanía propiciada por Bataille se funda justamente en el conocimiento de la impotencia, la inutilidad de la literatura, el derroche, el fin, el lujo del murmullo de la literatura. Y así recuerda nuestro autor: „en verdad no hay otra cosa que hacer que este obstinado trabajo que no conduce a nada, que no revela nada, que no tiene ningún efecto sobre la vida y que, estoy seguro, no valdrá jamás un puro acto de fe, un acto puro de amor, o un simple rezo del corazón… Quizá haga falta tener el coraje de renunciar a la escritura para comenzar a vivir de otro modo“.

Todo queda por decir, pero sabemos también que no sirve de nada decirlo.

En el silencio final de Claude Louis-Combet, recordamos no solo la vida de un hombre marcado por la fe rota, el martirio literario y la voluptuosidad transgresora, sino una obra que, como un eco en el vacío, nos invita a cuestionar lo inefable: el roce entre lo sagrado y lo prohibido, donde el verbo se desvanece para dejar paso al murmullo eterno de lo no dicho.

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